jueves, 26 de marzo de 2015

CAPÍTULO 1

DÁNICA

Me encontraba divagando por una dimensión desconocida de entre sueños, de la cual a veces es difícil abandonar por lo colorida y perfecta que es, sin embargo el despertador cada mañana hacia de las suyas. Al parecer la realidad estaba demasiado celosa como para dejar a un simple ser humano permanecer demasiado tiempo en la fantasía.

Mi mamá ni siquiera se había pasado por mi habitación para recordarme que tenía que asistir a la escuela,  como siempre solía hacerlo porque definitivamente no confiaba en mi despertador ni en mi voluntad  para levantarme de mi amada cama con la cual tenía una relación imposible.
 Abrí los ojos de golpe y miré hacia mi pequeño buró donde se encontraba ese raro reloj con forma de gato que mi abuela me había regalado la navidad pasada. Eran exactamente las 7:00 am.

Me levanté a trompicones de la cama y fui directo a la ducha. Cuando salí del baño, me dirigí a mi armario para escoger la ropa que usaría el día de hoy, trataba de hacer una combinación nueva para vestirme, pero terminé poniéndome lo de siempre, unos vaqueros y una camiseta con algún estampado metálico, una chaqueta negra y mis amados converse rojos. 

Salí de mi habitación al pequeño pasillo pasando por delante de la habitación de mi madre, su puerta estaba cerrada así que supuse que aun estaría dormida.
Fui directo a la cocina y me dispuse a abrir el refrigerador cuando algo detrás de mí se movió. Me giré por completo asustada y con los nervios de punta.
No había nadie.
 “es el perro”, pensé estúpidamente ya que no teníamos perro ni gatos ni ninguna otra clase de mascota en el departamento, a mis padres no les gustaban.

-¿Mamá? –Pregunté dirigiéndome a la sala paso a pasito. De repente y sin previo aviso un estruendo de  gritos casi hace que me vaya de espaladas directo al suelo.

-¡¡Sorpresa!!

-¡Mierda! –grité por puro reflejo tratando de detener mi caída recargándome en la pared más cercana cuando 3 cuerpos que reconocía muy bien se abalanzaron sobre mí con los brazos abiertos. Eran Ana, mi abuela y mi madre, que al escucharme gritar semejante palabrota me miró con cara de pocos amigos.  Regularmente no hablaba con ese lenguaje y menos frente de la mujer que me había dado la vida. Inevitablemente me sonrojé un poco.

-feliz cumpleaños, dinos ¿qué se siente por fin ser mayor de edad? –me preguntó Anna, mi mejor amiga, al darme un gran abrazo de oso.

Hoy era 2 de diciembre, el día de mi décimo octavo año de vida y “el gran y peor día de toda mi vida”. Todo comenzó hacia un poco más de 1 mese, cuando los rumores se iban haciendo más reales, ellos contemplarían dentro de su gira mundial a mi país y eso era la mejor noticia que podía haber recibido por que la fecha estaba contemplada el mes de mi cumpleaños.

-¡mamá! ¡Mamá! –grité desde la sala emocionada casi arrojando al aire mi laptop cuando leí la noticia en internet.

-Hija, por el amor de dios ¿te pasa algo? ¿Qué tienes? –llegó corriendo desde la cocina aún con el delantal puesto y la cuchara de la sopa.

-Mamá, ¿puedo ir? Anda, yo sé que dirás que si, por favor –me adelanté a pedirle permiso juntando ambas manos a modo de súplica teatral.

-¿A dónde? De que estás hablando –

-vendrán a México, en diciembre –dije señalando la pantalla de la computadora portátil donde estaba abierta la ventana de la gran noticia. Ella leyó la noticia e hizo una mueca de que dejaba mucho que pensar.

-¿esos greñudos? ¿los japoneses esos?

-mami, son Alemanes.

-como sea, de todos modos no irás

-¿Qué? ¿Por qué no?, hace 2 años me dijiste que me dejarías ir hasta que cumpliera los 18 y ellos vienen  ese mes, así que no veo por qué no.

-He dicho no, señorita y no me discutas –dijo cortante dirigiéndose de nuevo a la cocina. Bueno yo no me iba a quedar callada como siempre lo hacia, solo quería saber una razón justificable para que no me dejara ir.

-solo dame una razón. ¿Por qué nunca me dejas ir a conciertos? ¿ni a conocer a mis artistas preferidos?. Todos mis amigos y compañeros de la escuela han ido y no han muerto ni les ha pasado nada malo.

- ¿Qué tienes que ir a hacer ahí? Solo gastas dinero a lo tonto, dinero que va a parar a sus millonarias carteras y dinero que puedes utilizar para comprarte ropa, libros o algo realmente necesario.

-es necesario, me gustaría conocerlos

-No digas tonterías Dánica y mejor ponte a estudiar  qué es lo que deberías estar haciendo en lugar de estar perdiendo el  tiempo.

No quería seguir discutiendo y mucho menos por esto. Mi madre siempre se había empeñado en tratarme como una niña pequeña aunque ya no lo fuera, me sobreprotegía demasiado.
Esa misma tarde lo intenté con mi papá que en cierta manera era mucho más accesible que mamá.
Médico con especialidad en neurología, a eso dedicaba gran parte de su vida mi querido padre que en esos montos se encontraba en un viaje de trabajo en una prestigiada universidad de Los Angeles.

-pero, papá… -balbuceé al teléfono.

-Dánica, ya lo hemos hablado, en esa clase de conciertos hay drogas, alcohol y sabrá que más. Muchos vienen a urgencias con contusiones cerebrales por peleas o porque les han roto una botella en la cabeza, así que estoy muy de acuerdo con tu madre no irás a ese concierto.

-solo es un inocente concierto lleno de chicas y chicos de mi edad y hasta más jóvenes. No es ni siquiera Metal o Punk

-lo siento hija, es un NO y se acabó.

Odiaba cuando mis papás se ponían en plan de: “Hagámosle la vida imposible a nuestra hija”. Y así fue como perdí de nuevo la oportunidad de ir a mi soñado concierto. Mi amiga Anna me había propuesto fugarnos de la escuela y asistir, lo pensé durante unos días y casi acepto, pero justamente esa semana eran los exámenes finales y no podía darme el lujo de faltar. Casi terminaba de preparatoria y desde que comencé le había prometido a mis padres obtener buenas notas pues tendría la posibilidad de estudiar una carrera en el extranjero.
Asi que, en la mañana de mi cumpleaños, la abuela y mi amiga había llegado demasiado temprano para darme la sorpresa y mamá había pedido un día de descanso. Solo faltaba mi padre y todo estaría completo

-para mi nieta favorita –me dijo mi abuelita tendiéndome una caja de regalo forrada con papel reciclado.
“bueno, otro artículo en forma de gato para mi colección”. Pensé disimuladamente. Después me tendió una pequeña cajita roja que supuse  era de parte del abuelo. Cada año me regalaba unas deliciosas trufas de chocolate edición especial que el mismo patentaba.

-de parte de tu abuelo, no pudo venir hoy pero te manda muchos abrazos, ya sabes cómo somos los viejitos, la edad nos pesa.

-gracias abuelita, agradécele de mi parte al abuelo y dile que iremos en navidad ¿Verdad mamá?
-si, cómo todos los años. – respondió mi mamá preparándome un tazón con mi cereal favorito de chocolate para mi desayuno
-Anita, deberías pasar la navidad con nosotros por lo menos una vez, Dánica no se lleva muy bien con sus primos y siempre se encierra en su cuarto cada vez que se reúne la familia. –comentó mi abuela tratando de aparentar disimulo.
-no es mi culpa, ellos son tan…tan.. raros conmigo –repliqué haciendo una mueca recordando todas las reuniones familiares, tal parecía que mis padres y yo no éramos bien vistos por el resto de mis parientes maternos. Y ni hablar de los paternos, a ellos ni los conocía.

-sería una gran honor Sra. Vicky, pero este año mis papas han planeado un viaje a Nueva York y es obligatorio para mis hermanos y para mi, será el año que viene. –se excusó Anna.

-está bien niña linda y ya sabes, puedes decirme abuelita Vicky, no me viene mal tener una nietecita más.

-mamá, tu adoras que todos te digan abuelita, en el pueblo todos te dicen abuelita y ni siquiera son de la familia. –se quejó mamá.

-pero Anita y Danni son como hermanas, inseparables desde chiquitas. No veo cual es el problema –señaló mientas nos pellizcaba las mejillas como solía hacerlo cuando éramos más niñas.
Nos dirigimos al comedor y mientras mi abuela se servía café yo ya estaba devorando mi cereal.
-¿Gustas algo para desayunar Annie? Sabes que puedes servirte lo que quieras –preguntó Mamá.
-No, muchas gracias señora Carmen, ya he desayunado algo en casa.
-¿ya está de regreso el señor Juan? –le pregunté curiosa por saber cómo había llegado a mi casa tan temprano. El señor Juan era el chofer de confianza de la Familia Cannon Duarte, y solía llevarnos a la escuela todos los días pero hacía 2 días que se había resfriado y le habían dado unos días de descanso para que se repusiera
-No, pero ya está mejor, me ha traído mi hermano. –
-¿Christopher? –preguntó mamá asustada. Chris era el hermano menor de Annie y solo tenía 13 años. Me reí al ver la cara de asombro de Mamá.
-No, Alexis. Llegó de España ayer para las “vacaciones” –pronunció la última palabra haciendo comillas con las manos –aunque todos sabemos que papá lo va a tener encerrado en la oficina. Ya saben, negocios, negocios y más negocios.
-ya debe ser todo un hombre, no lo veo desde que era un niño. –mamá suspiró quizá recordando cuando Alex, Anna y yo jugábamos en el parque. Eran tiempos buenos y fáciles, pero a medida que creces las cosas no son tan sencillas como parecían. A veces extrañaba ser pequeña.


Al terminar el desayuno nos preparamos para irnos a la escuela, Alexis se había ofrecido a llevarnos así que muy temprano había dejado a Annie en mi casa y había prometido pasar por nosotras unos minutos más tarde pues tenía unas cosas que hacer. Estaba emocionada por verlo después de 12 años. De niños él solía jugar con Annie y conmigo aunque en realidad su tarea era vigilarnos para que no hiciéramos travesuras o no tuviéramos un accidente. Lo que más recordaba de él era su cabello rubio y chino, alborotado, además de sus ojos azules que se parecían a los de uno de los gatos de mi abuela Vicky. Era muy amigable y aunque era 6 años mayor que nosotras, siempre se inventaba un juego para entretenernos.

-Nos vemos luego–se despedía mi amiga de mi madre y abuela.

-¡Niñas, esperen! –gritó mamá de repente y después fue hacia nosotras corriendo –Toma hija, no lo abras hasta después de la escuela

¿Otro regalo?, se trataba de un pequeño sobre color púrpura con una pequeña inscripción atrás.
-¿qué es? ¿Por qué … -traté de preguntar pero no me dejó terminar.
-promete que lo abrirás saliendo de la escuela
-ok
-Dánica –me miró con ojos acusadores
-lo prometo, lo abriré hasta el final de las clases.

Salí de la casa justo detrás de mi amiga con la curiosidad haciéndome cosquillas por dentro, ¿Qué había en el sobre? ¿Por qué abrirlo hasta el final de las clases?
-¿Qué crees que sea?  -le pregunté a mi amiga mientras ponía a contra luz el sobre púrpura. Al reverso decía mi nombre y un feliz cumpleaños escrito con la letra de papá.
-Hey ¡NO! –gritó y de un manotazo me lo tiró al suelo. La miré sorprendida sin decir nada y ella recogió el sobre  para guardarlo en su mochila.
-Pero, es mío
-me importa una mierda, tu no abres el sobre hasta cuando yo lo diga ¿Vale?, ahora sube al auto que llegaremos tarde
-pero es temprano aún –protesté
-No, ya es tarde. –contestó mi amiga buscando con la vista el auto de Alex.

-¡ANNA KAREN! .- gritó una voz masculina a nuestra derecha. Ambas nos giramos al mismo tiempo pero a diferencia de Annie que ya había comenzado a caminar hacia aquel reluciente Porsche plateado, yo me había quedado como estatua boquiabierta y no a consecuencia de ese lujoso auto, sino por el chico que estaba a lado de él.

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